
Pascual Sánchez Ramírez nace en Ronda (Málaga) el 21 de julio de 1900, ingresando a los 14 años en la academia de la Guardia Civil como guardia joven, menor de edad. En 1919 entraría a formar parte de la plantilla del Cuerpo, siendo destinado al 4º Tercio, Comandancia de Córdoba. Allí permanecerá hasta que cuatro años más tarde, el 1 de enero de 1923, se incorpore a la Academia de Infantería, donde obtendrá el empleo de Alférez, siendo su primer destino el Batallón de Cazadores de África nº 2, de guarnición en Tetuán. Será en este periodo cuando forje la personalidad que tanto caracterizó a los militares africanistas en las acciones represivas de la guerra civil.
En 1927 abandona Marruecos pasando al Regimiento de Infantería de la Constitución nº 29 en Pamplona, si bien por distintas circunstancias regresará de nuevo al Protectorado marroquí donde alcanzará el grado de teniente prestando sus servicios en Beni Sala y Kudia-Takar.
En esta situación se mantendrá hasta 1932 en que se une durante dos años a la 4ª Bandera de la Legión, reincorporándose finalmente a la Comandancia de la Guardia Civil de Córdoba, donde se le adjudica la línea de la Guardia Civil de Castro del Río, pasando a la de Baena en 1935.
Principal artífice de la sublevación con la que dio inicio en esta última localidad la guerra civil, mantuvo una tenaz resistencia entre los días 19 y 28 de julio de 1936 y posteriormente durante el ataque de la columna del general Miaja el 5 de agosto del mismo año.
Máximo responsable de la represión de campesinos en la plaza del Ayuntamiento, fue condecorado con la medalla al Mérito Militar y se le nombró hijo adoptivo de Baena, aunque esa distinción le sería retirada con la llegada de la Democracia.
Su permanencia en el cuartel de la localidad no se prolongaría demasiado, siendo trasladado a Canarias en 1937 y a otros destinos peninsulares durante los años de la contienda. Ascendió a capitán el 6 de marzo de 1939, consiguiendo más tarde los grados de comandante, teniente coronel y coronel, este último en 1962.
Su recuerdo fue triste en Baena, donde no llegó a empatizar especialmente con las oligarquías locales, sin que tras su marcha volviera a regresar a la población.
