Salvador Bautista Jiménez nació en Valladolid en 1893. Casado y padre de siete hijos, se estableció con su familia en la localidad de la Estación de Gaucín, donde trabajaba en la empresa Sevillana de Electricidad. Como tantos trabajadores de su tiempo, llevaba una vida humilde y marcada por el esfuerzo diario. Militante republicano, creía en un proyecto de país más justo y democrático, compromiso que acabaría sellando su destino.

Tan solo trece días después de su ingreso en Málaga, el 13 de septiembre de 1939, Salvador fue conducido a la cárcel de Gaucín. Sobre él y otros veintiocho presos pesaba una condena a muerte ya decidida. Conscientes de su destino, entre los días 29 y 30 de octubre intentaron una desesperada fuga. El desenlace fue dramático: cuatro lograron escapar, seis murieron y uno resultó herido durante la captura. El resto, incluido el herido, fueron fusilados por la Guardia Civil dos días después, el 1 de noviembre de 1939.

Con el estallido de la Guerra Civil, Salvador, como miles de hombres que defendieron la legalidad republicana, se vio obligado a abandonar a su familia y marchar al frente. La guerra no solo interrumpió su vida laboral y familiar, sino que lo empujó a un largo camino de sufrimiento que culminaría con la derrota de la República.

A finales de la contienda fue hecho prisionero en Alicante y trasladado al campo de concentración de Albatera, uno de los principales centros de reclusión del primer franquismo. Allí permaneció hasta septiembre de 1939, en condiciones extremas de hacinamiento, hambre y enfermedad. Posteriormente fue trasladado a la cárcel de Málaga, iniciándose así el último y trágico tramo de su vida.

Tan solo trece días después de su ingreso en Málaga, el 13 de septiembre de 1939, Salvador fue conducido a la cárcel de Gaucín. Sobre él y otros veintiocho presos pesaba una condena a muerte ya decidida. Conscientes de su destino, entre los días 29 y 30 de octubre intentaron una desesperada fuga. El desenlace fue dramático: cuatro lograron escapar, seis murieron y uno resultó herido durante la captura. El resto, incluido el herido, fueron fusilados por la Guardia Civil dos días después, el 1 de noviembre de 1939.

Según su expediente de defunción, Salvador figura entre los dieciocho hombres que, tras ser capturados ilesos, fueron ejecutados posteriormente. Murió a consecuencia de heridas de arma de fuego el 1 de noviembre de 1939, a las seis de la mañana. Tenía cuarenta y seis años, dejaba esposa y siete hijos huérfanos.

La represión franquista no se detuvo con su muerte. La familia de Salvador ya había sufrido otra pérdida irreparable: un familiar anciano, de setenta y un años, fue ejecutado por la Guardia Civil al comienzo de la guerra, sin que quedara constancia documental del crimen. María, la esposa de Salvador, también fue encarcelada junto a su hija pequeña. Diez meses después del fusilamiento de su marido, murió de tuberculosis, agotada por la prisión, el dolor y la miseria.

Los siete hijos del matrimonio, el mayor de apenas quince años, quedaron al cuidado de la abuela y de la tía Ana. Poco después se trasladaron a Larache, en Marruecos, iniciando así un exilio forzado que marcó para siempre sus vidas.

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