Religión y moralidad

Desde el inicio de la II República la cuestión religiosa fue objeto de grandes controversias políticas. El ataque a los templos, la prohibición de actos religiosos en la vía pública, la secularización de la enseñanza o incluso la de los propios cementerios, supuso un duro revés para la Iglesia que acabaría posicionándose junto al bando sublevado. Tras la guerra la situación cambió radicalmente comenzando lo que vino a llamarse nacionalcatolicismo.

RELIGION Y MORALIDAD

Del laicismo al nacional catolicismo

Con el advenimiento de la II República los temores que albergaba la Iglesia sobre su pérdida de influencia social y política en favor de las tesis anticlericales se hicieron realidad. Paso a paso los gobiernos republicanos fueron legislando en ese sentido sucediéndose normas que abundaban cada vez más en la laicidad del Estado. La libertad de cultos, la retirada del crucifijo en las escuelas, la prohibición a las órdenes religiosas de ejercer la docencia o incluso la secularización de los cementerios, fueron una clara muestra de ello.

Estos hechos, junto a la quema de conventos, la prohibición de procesiones, la eliminación de símbolos religiosos de las calles o la pléyade de normativas municipales que irían desde la imposición de tasas por el toque de campanas hasta la prohibición de las pilas de agua bendita por considerarlas propagadoras de epidemias, haría que un sector mayoritario del clero se posicionase junto al bando sublevado tras el estallido de la Guerra Civil.

Durante el tiempo que duró la contienda los rencores no hicieron sino acrecentarse. En las zonas controladas por cada uno de los bandos se ejerció la represión, siendo especialmente significativa la que por motivos religiosos se llevó a cabo en la zona republicana. Solo en la diócesis de Córdoba sufrieron muerte violenta 127 personas, entre la que se encontraban de la zona sur de la provincia, los párrocos, coadjutores y sacerdotes adscritos de Baena, Castro del Río, Espejo, Cañete de las Torres, Bujalance, Villa del Río, Fuente Tójar, Palma del Río y Puente Genil, además de tres religiosos franciscanos de este último pueblo, la superiora de las Hijas del Patrocinio de María, de Baena, un seminarista y un seglar de Carcabuey, tres en cada caso de Puente Genil, un seglar de Palma del Río y otro de Bujalance.

Con el fin de la guerra, el bando vencedor eliminó el laicismo de la etapa republicana y situó a la Iglesia en una posición hegemónica que le otorgaría un estrecho control sobre la vida social y cultural del país. Por su parte, la Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939, le dio también la oportunidad, a través de sus párrocos, de convertirse en un organismo de investigación cuasi policial, al mismo nivel que los ayuntamientos o los dirigentes locales de Falange. Los informes de conducta emitidos por los párrocos se convirtieron en documentos de relevancia jurídica pues de ellos podrían depender en parte las decisiones de un tribunal sobre los encartados por motivos de la guerra.

Una moralidad extrema

Finalizada la contienda surgiría una moralidad oficial que afectaba y condicionaba la vida cotidiana de las personas.

Un tipo de moralidad que también restringía las iniciativas y libertades individuales en una serie de aspectos que hoy en día consideramos muy normales. Por ejemplo, ya en febrero de 1939, con motivo del carnaval, distintas alcaldías recordaban la prohibición de disfrazarse o hacer cualquier tipo de parodia a expensas de las autoridades civiles, militares o eclesiásticas.

Igualmente, no estaba permitido que chicos y chicas se pudieran bañar juntos en las piscinas públicas.

Hay que recordar que publicaciones y películas tenían que pasar una doble censura: la oficial y la eclesiástica, para que la moralidad quedara bien resguardada. En este sentido, no se puede olvidar que las mujeres eran a menudo las principales víctimas de estas buenas costumbres sociales establecidas, que las arrinconaban al doméstico ámbito del hogar y a un papel simplemente complementario al del hombre. Por ejemplo, en la posguerra, estaba mal visto que las chicas fueran al cine e, incluso, se les inculcaba que la simple contemplación de las carteleras cinematográficas, o pintarse las uñas o llevar determinados tipos de zapatos, ya era pecado.

Castro del Río

Postguerra. Vale catecismo parroquial

Los esfuerzos en preservar el decoro de la población se convirtieron en una constante. Se perseguía todo lo considerado inmoral y para ello la colaboración de la propia ciudadanía fue un factor clave. Al igual que ocurría en el resto del país, muchos vecinos del sur de Córdoba comprendieron muy pronto las oportunidades que albergaba ayudar al mantenimiento de las «buenas costumbres» en el nuevo Estado. Por ello, y una vez superada la crisis de subsistencia de la más inmediata posguerra, las gentes de a pie encontraron en la esfera privada el protagonismo que, generalmente, se les negaba en la vida pública. En los pueblos del sur de la provincia el control y la sanción de los comportamientos cotidianos de sus convecinos les confirió el poder que se les negaba en el terreno político. Al tiempo, velar por los valores nacional-católicos los congraciaba con las nuevas autoridades y eliminaba cualquier atisbo de no afección al régimen.

Otra importante razón que llevaría a un vecino corriente a controlar la vida diaria de sus iguales fue el deseo de consumar venganzas por rencillas personales, o incluso una verdadera convicción en la retórica ultraconservadora y en el código de sexo-género del nacionalcatolicismo, asumidos no sólo por adeptos, sino también por muchos sectores no precisamente franquistas.

Se puede asegurar, por tanto, que la fiscalización de las conductas morales no irradió exclusivamente de la iglesia, el ayuntamiento, la casa de Falange o el cuartel de la Guardia Civil, sino que tuvo también un epicentro más humilde, los patios de vecinos. Tan temidos y respetados eran los uniformes y las sotanas como los ojos y los oídos que aguardaban discretos tras las puertas y ventanas, deseosos de recabar una información que hiciera del cuerpo que los sostenía un ser un poco más poderoso. Vecinos y familiares agudizaron los cinco sentidos dispuestos a colaborar en las tareas de vigilancia y castigo. Convertidos en auténticos «guardianes de la moral», no sólo actuaron de muleta de los poderes locales encabezados por el párroco del pueblo, sino que llegaron incluso más allá avivando el celo controlador de aquéllos. En este periodo surgirían dichos populares tan significativos como el que indicaba “Tú ocúpate de llevar la casa del vecino que la tuya la llevará otro”. Aquella afirmación caló tanto en el vecindario que, por extraño que parezca, aún se sigue refiriendo en el sur de la provincia.

Baena. Desfile religioso presenciado por la población y militares franquistas durante la Guerra Civil
El general Queipo de Llano junto a los obispos de Córdoba (segundo por la derecha), Málaga y Badajoz, asistiendo al entierro del cardenal Ilundain llevado a cabo en Sevilla en 1937
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