Rafael Amado Peña nació el 25 de marzo de 1892 en Carmona, en el seno de una familia numerosa: era el cuarto de siete hermanos. Siendo todavía niño, se trasladó con sus padres a Sevilla, donde su padre regentaba una fábrica de botones. Un incendio destruyó aquel negocio familiar, circunstancia que dio origen al apodo por el que Rafael sería conocido durante años: “el botonero”. Tras la pérdida de la fábrica, su padre abrió una panadería, en la que Rafael comenzó a trabajar repartiendo pan por la ciudad. Con el paso del tiempo, y ya conocedor del oficio, logró abrir su propio negocio: una panadería situada en la calle San Hermenegildo nº 10, en Sevilla. Allí desarrolló su actividad profesional mientras formaba una familia junto a su esposa, Ana Roldán Lérida y sus seis hijos.

Aunque tenía ideas políticas de izquierda, quienes lo conocieron lo describían como una persona moderada y solidaria. Su vida cotidiana estaba marcada más por el trabajo y la ayuda a los demás que por la militancia política activa. De hecho, su hijo estudiaba en el colegio de los Salesianos de la Trinidad, mientras que sus hijas acudían al colegio del Beaterio de la Santísima Trinidad. En este último centro era especialmente apreciado por las religiosas, ya que en numerosas ocasiones ayudó a las niñas internas llevándoles sacos de pan sin cobrar nada. El cariño que le tenían las monjas fue tal que, tras el golpe militar de 1936, incluso le ofrecieron refugiarse en el colegio si llegaba a tener problemas.

Su compromiso con su comunidad lo llevó finalmente a la política municipal. En las elecciones de 1936 se presentó como candidato al ayuntamiento de Sevilla por Unión Republicana, animado por varios amigos, entre ellos José María Puelles, quien también sería fusilado ese mismo año. Fue elegido concejal en la corporación municipal presidida por el alcalde Horacio Hermoso Araujo.

Tras el estallido del golpe militar de julio de 1936, Rafael Amado fue detenido y recluido inicialmente en el cine Jáuregui, uno de los lugares utilizados como centros de detención improvisados en la ciudad. Más tarde, gracias a la intervención de su hermano José, logró obtener un documento de libertad firmado por el capitán Manuel Díaz Criado, uno de los responsables de la represión en Sevilla durante aquellos meses.

A pesar de haber recuperado la libertad, su destino estaba marcado por una vieja enemistad. Tiempo antes del golpe, Rafael había intervenido para defender a una mujer que estaba siendo agredida en la calle por un hombre. Durante la discusión y posterior pelea descubrió que el agresor era el sargento de la Guardia Civil conocido como Rebollo, quien lo llevó entonces a comisaría. Aunque el incidente no tuvo mayores consecuencias en aquel momento e incluso llegaron a mantener después una relación cordial, la situación cambiaría radicalmente tras la sublevación militar.

Durante la represión de 1936, ese mismo guardia civil —ya convertido en teniente— se convirtió en uno de los responsables de la persecución contra los republicanos en la ciudad. Al descubrir que Rafael había sido liberado, decidió vengarse. De madrugada, varios guardias civiles se presentaron en su casa con el pretexto de que debía realizar una declaración. Aquella noche, su esposa y sus hijos lo vieron marcharse sabiendo que quizá no volvería. Antes de salir, entregó a su mujer su alianza de casado y se asomó a las habitaciones de sus hijos para despedirse de ellos.

Ese mismo día, el 7 de agosto de 1936, Rafael Amado Peña fue fusilado en las tapias del Cementerio de San Fernando.

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