Manuela Díaz Cabezas nació el 11 de diciembre de 1920 en Villanueva de Córdoba, en el seno de una familia campesina extremadamente humilde. Conocida para siempre por el apodo de La Parrillera, su vida quedó marcada por la represión franquista y por una resistencia silenciosa y tenaz que la convirtió en una de las figuras femeninas más representativas de la guerrilla antifranquista en la sierra de Córdoba. Falleció en 2006, tras una larga vida atravesada por la pérdida, el sufrimiento y la supervivencia.

Hija de Ana María y Francisco, fue la mayor de seis hermanos. Nunca asistió a la escuela y desde niña trabajó en las duras labores del campo. Su familia era conocida en la comarca como Los Parrilleros, un sobrenombre heredado de su bisabuelo, que fabricaba las parrillas con las que los jornaleros cocinaban al fuego, tanto en los hogares como en el trabajo agrícola. Aquel nombre, ligado al trabajo humilde, acabaría convirtiéndose en un símbolo de resistencia.

Tras la guerra comenzó una etapa de represión con cárceles, torturas y batallones de trabajos forzados que se abatieron sobre los señalados como desafectos al nuevo régimen. Miguel López Cabezas, compañero de Manuela —conocido como El Parrillero o El Moraño— fue detenido y torturado. Tras quedar en libertad, decidió huir al monte junto a otros compañeros, iniciando la vida guerrillera en la sierra.

Mientras tanto, Manuela quedó al frente de la casa familiar, cuidando de sus hijos Juanito y Adela, de su madre y de varios hermanos. Durante casi dos años actuó como enlace de la guerrilla, una tarea tan peligrosa como esencial: proporcionaba información, comida, ropa y herramientas a los maquis que resistían en condiciones extremas. Su papel fue clave para la supervivencia de la partida conocida como Los Parrilleros.

En una de las redadas fue detenida por la Guardia Civil. Sufrió humillaciones, torturas físicas y psicológicas destinadas a quebrarla y forzarla a delatar a sus compañeros. Le raparon el cabello, la obligaron a mantener posturas dolorosas durante horas y fue golpeada repetidamente. No habló. Tras quedar en libertad, fue sometida a un estricto control, obligada a presentarse varias veces al día ante las autoridades. En marzo de 1943, consciente de que su situación era insostenible, decidió huir al monte. Dejó a sus hijos al cuidado de su madre y se internó en la sierra junto a su hermano Alfonso, todavía en edad militar.

La vida en la montaña fue extremadamente dura. Hambre, frío, persecuciones constantes y el miedo permanente a la traición marcaron aquellos meses. Embarazada nuevamente, Manuela dio a luz completamente sola en una cabaña. Incapaz de cuidar al recién nacido en aquellas condiciones, lo dejó al amparo de una familia, pero el niño fue entregado a la Guardia Civil y murió antes de cumplir un año.

El 27 de febrero de 1944 su compañero Miguel El Parrillero fue abatido por la Guardia Civil. Su cuerpo fue exhibido públicamente como escarmiento. Manuela continuó resistiendo durante algunos meses más junto a su hermano Alfonso y José Antonio Cepas, El Lobito, hasta que fueron capturados en una emboscada. Atados y malheridos, fueron paseados por Villanueva ante una multitud alentada por sectores afines al régimen. Ni las palizas ni los interrogatorios lograron arrancarles una confesión.

Tras pasar por varias prisiones, Manuela fue juzgada en consejo de guerra en diciembre de 1945 y condenada a muerte. Finalmente, su pena fue conmutada por treinta años de cárcel. Pasó diecisiete años en distintas prisiones, entre ellas Ventas, Alcalá de Henares y Segovia. Durante ese tiempo sufrió pérdidas devastadoras: su hijo Juan murió de tuberculosis con solo diecisiete años y su padre falleció en prisión tras más de una década encarcelado. Su hermano Alfonso y José Antonio El Lobito fueron ejecutados en 1946.

En prisión, Manuela aprendió a leer y escribir y a realizar labores manuales, con las que intentó ayudar económicamente a su familia. En 1961, con cuarenta y un años, fue indultada. La libertad, sin embargo, no supuso el final del sufrimiento. Regresó a un mundo que ya no le pertenecía: su madre era anciana y su hija Adela, a la que apenas había podido ver crecer, emigró poco después a Suiza. Durante años, Manuela se hizo cargo de su nieta hasta que finalmente pudo reunirse con su familia en el extranjero.

error: Contenido protegido !!