La destrucción del patrimonio
Durante la Guerra Civil, Granada sufrió daños significativos en su patrimonio histórico-artístico debido a saqueos, incendios y otros efectos inherentes a toda acción bélica. En un territorio que ya había sufrido estos ataques con anterioridad a la contienda, iglesias, conventos y edificios civiles fueron pasto de las llamas, perdiéndose retablos, archivos y obras de arte de gran valor. La violencia anticlerical que se desató durante este periodo provocó la destrucción de numerosos bienes artísticos acumulados durante siglos y aunque una parte del patrimonio pudo salvarse o ser reconstruido, las pérdidas culturales fueron irreparables, marcando con ello la memoria histórica de la ciudad y su provincia.
LA DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO EN GRANADA
Unas pérdidas irreparables
Entre 1931 y 1936, Granada vivió un proceso de deterioro de su patrimonio histórico-artístico que, lejos de manifestarse en episodios aislados, se desarrolló como una secuencia acumulativa de violencias y pérdidas. La ciudad y numerosos municipios de la provincia se vieron envueltos en un clima de creciente conflictividad que tuvo como uno de sus blancos principales el patrimonio eclesiástico. A esta etapa previa se sumarían, ya en plena guerra civil, los daños derivados de las operaciones militares entre 1936 y 1939, completando un ciclo destructivo de largo alcance.
Desde una perspectiva historiográfica, este fenómeno debe entenderse como un proceso continuo. No se trató únicamente de incendios puntuales o saqueos espontáneos, sino de una dinámica sostenida que afectó de forma sistemática tanto a los edificios como, sobre todo, al patrimonio mueble. Retablos desmontados, esculturas destruidas o desaparecidas, pinturas arrancadas de sus emplazamientos y piezas de orfebrería fundidas o dispersadas forman parte de un mismo patrón de expolio. Particularmente grave fue la pérdida de los archivos parroquiales, cuyo vaciamiento generó un vacío documental irreparable para la reconstrucción de la historia social y demográfica granadina.
La documentación contemporánea permite distinguir dos grandes oleadas de destrucción antes del estallido bélico. La primera fase (1931–1932) se inició tras la proclamación de la República, en un contexto de disturbios anticlericales que tuvieron su reflejo en la capital y en diversas localidades. A estos episodios se sumaron las tensiones vinculadas a la Sanjurjada, que contribuyeron a un clima de inestabilidad propicio para nuevos ataques al patrimonio religioso.
La segunda fase (1933–marzo de 1936) mostró un carácter más sistemático. En estos años se registraron incendios coordinados, asaltos a templos y el vaciamiento metódico de interiores. Muchas iglesias no solo sufrieron daños estructurales, sino que quedaron despojadas de sus bienes artísticos, lo que indica una dinámica de expolio que iba más allá de la mera destrucción simbólica.
Con el estallido de la guerra civil se abrió la fase bélica (1936–1939), que añadió nuevas capas de pérdida. Los bombardeos afectaron a inmuebles históricos, varios edificios religiosos fueron reutilizados con fines militares o logísticos, y continuaron los saqueos residuales en distintos puntos de la provincia. El resultado fue un paisaje patrimonial profundamente alterado, fruto de un proceso acumulativo iniciado años antes.
Así, la destrucción del patrimonio histórico-artístico granadino durante la década de 1930 debe comprenderse como una cadena de episodios interrelacionados que, en conjunto, provocaron una merma patrimonial y documental de consecuencias duraderas para la memoria histórica de Andalucía.
El punto de máxima intensidad de este proceso destructivo puede situarse con precisión en el 10 de marzo de 1936. En esa fecha se documentan incendios simultáneos en numerosos enclaves de la capital y de la provincia de Granada, en lo que constituye el episodio más visible de una dinámica de violencia patrimonial que venía desarrollándose desde años anteriores.
En el ámbito urbano, el barrio del Albaicín concentró la pérdida artística más significativa. La iglesia del Salvador quedó prácticamente reducida a sus muros tras el incendio de marzo de 1936. La destrucción afectó a elementos estructurales de gran valor —como las armaduras mudéjares— y a un notable conjunto de patrimonio mueble. Desaparecieron retablos barrocos y esculturas de autores como Bernabé de Gaviria (1604) y Alonso de Mena (1629), además de obras vinculadas al círculo de Felipe González y una imagen atribuida a José de Mora. También se perdieron pinturas relacionadas con Pedro de Moya, Ambrosio Martínez y Pedro Atanasio Bocanegra. Especialmente grave fue la desaparición del archivo parroquial, que integraba documentación procedente de varias parroquias suprimidas desde el siglo XVI, generando un vacío documental de difícil reparación.
El impacto en el Albaicín fue amplio y sistemático. Las iglesias de San Nicolás, San Luis y San Cristóbal sufrieron incendios o saqueos que implicaron la desaparición de retablos completos y de sus fondos documentales. El convento de Santo Tomás de Villanueva fue incendiado y su patrimonio escultórico quedó gravemente mutilado. Incluso elementos del paisaje devocional urbano, como las cruces monumentales de los siglos XVI y XVII, fueron derribados, alterando de manera perceptible la fisonomía histórica del barrio.
En la franja litoral, Motril experimentó uno de los procesos más radicales de vaciamiento patrimonial. La Iglesia Mayor de la Encarnación fue reutilizada como prisión, perdiéndose la totalidad de su patrimonio mueble: el retablo mayor barroco, las esculturas del siglo XVII, las pinturas y el archivo parroquial desaparecieron. Además de ello, el 21 de enero de 1938 la explosión del polvorín que se había instalado en su cripta, dañó enormemente al propio edificio. El Santuario de la Virgen de la Cabeza fue despojado de su retablo del siglo XVIII, mientras conventos y ermitas del municipio sufrieron saqueos e incendios que en algunos casos redujeron los edificios a sus muros perimetrales.
Una pauta similar se observa en Almuñécar. La iglesia parroquial fue asaltada, destruyéndose sus retablos barrocos y una buena parte de las imágenes que contenían, entre ellas tres crucificados renacentistas. Las ermitas de la localidad registraron también grandes pérididas. En municipios próximos como Salobreña, Ítrabo, Lobres o Molvízar se reitera un patrón prefijado donde se conservan relativamente las fábricas arquitectónicas por su reutilización funcional y destrucción casi total del contenido artístico.
En Loja se perdió una parte sustancial del patrimonio devocional barroco. Varias iglesias permanecieron estructuralmente íntegras, pero vaciadas de retablos e imágenes, y los archivos parroquiales desaparecieron o sufrieron grandes pérdidas. En Alhama de Granada se repite esta misma paradoja: la Iglesia Mayor de la Encarnación mantuvo su fábrica de piedra, pero perdió íntegramente su patrimonio mueble. El convento de San Diego sufrió un asalto con profanación de sepulturas así como un incendio generalizado que provocó la desaparición de las pinturas murales del claustro así como las imágenes y retablos de su iglesia. En la del Carmen se instaló la Casa del Pueblo y numerosas ermitas rurales fueron desmanteladas.

Guadix. Balcón de los corregidores
Aspecto que ofrecía tras su destrucción al inicio de la guerra

Guadix. Catedral
Destrozos en el altar de San Andrés producidos en 1936

Motril. Convento de los Agustinos
Claustro destruido tras el incendio de 1936

Montefrío. Convento de San Antonio
Retablos arrancados de la pared en una de las capillas
Guadix experimentó saqueos persistentes que afectaron tanto a parroquias como a conventos. Retablos barrocos, esculturas procesionales y piezas de orfebrería desaparecieron, junto con archivos parroquiales que conservaban documentación de la Edad Moderna. En Baza el proceso fue análogo: retablos desmontados y quemados, esculturas renacentistas desaparecidas y orfebrería litúrgica fundida o dispersada. La pérdida documental alcanzó a registros parroquiales de gran antigüedad.Particularmente severa fue la situación en la Alpujarra granadina. Allí, muchas iglesias de los siglos XVI y XVII conservaron sus arquitecturas mudéjares, lo que atenúa visualmente la percepción de destrucción. Sin embargo, desde el punto de vista patrimonial, la merma fue profunda: retablos, imágenes y archivos desaparecieron en numerosos núcleos rurales. En no pocos casos, las comunidades locales quedaron prácticamente sin patrimonio mueble anterior al siglo XIX.
El resultado global fue la ruptura de la continuidad artística de una región que había preservado uno de los conjuntos mudéjares rurales más relevantes de la península. Entre las pérdidas, la destrucción de archivos parroquiales constituye uno de los aspectos menos estudiados y, al mismo tiempo, más graves. En numerosos municipios desaparecieron registros bautismales y matrimoniales que se remontaban al siglo XVI, lo que supone una merma irreparable para la investigación demográfica, económica y familiar de la provincia.
En consecuencia, la destrucción patrimonial granadina entre 1931 y 1939 no puede considerarse un fenómeno marginal. Supuso la desaparición de gran parte del legado artístico renacentista y barroco de la provincia. Aunque tras la guerra muchos edificios fueron restaurados y reintegrados en el paisaje urbano y rural, el patrimonio mueble original —esculturas, retablos, pinturas y archivos— se perdió de forma definitiva.
Granada emergió de la contienda con un perfil arquitectónico en gran medida reconocible, pero culturalmente empobrecido. El vacío generado por estas pérdidas continúa condicionando el estudio del arte andaluz y la reconstrucción de la memoria histórica local.

Motril. Iglesia de la Victoria

Granada. Iglesia de San Luís

Motril. Iglesia de la Encarnación

Loja. Mausoleo del general Narváez

