
Fernando Martínez-Monje Restoy nació en Granada el 16 de julio de 1874, en una España donde hacer carrera en el Ejército continuaba siendo una vía de prestigio y ascenso social. Desde joven eligió ese camino y a los 18 años ingresó en la Academia General Militar, iniciando una trayectoria que lo llevaría por distintos escenarios bélicos y, finalmente, al centro de uno de los momentos más decisivos de la historia contemporánea española.
Su bautismo de fuego se llevó a cabo en la guerra de Cuba, donde combatió en unas condiciones extremadamente duras. Allí contrajo la fiebre amarilla, enfermedad que obligó a repatriarlo a la península. Tras recuperarse, fue destinado a la guerra de Marruecos, otro conflicto colonial marcado por la dureza del terreno y los combates. En África fue herido en dos ocasiones, experiencias que consolidaron su reputación como oficial experimentado.
Con los años fue ascendiendo en el escalafón militar hasta alcanzar, en 1932, el grado de general de brigada. Además de su carrera castrense, perteneció a la masonería, una afiliación que reflejaba su pensamiento liberal y progresista
Cuando estalló la sublevación militar contra la República el 17 de julio de 1936, Martínez-Monje se encontraba al mando de la III División Orgánica, con cuartel general en Valencia y jurisdicción sobre Castellón, Valencia, Alicante, Murcia y Albacete. La situación era crítica: gran parte del ejército se había levantado contra el gobierno republicano, y la lealtad de cada mando era decisiva.
Al conocer las primeras noticias del alzamiento, ordenó que las tropas permanecieran encerradas en los cuarteles y declaró su fidelidad al gobierno legítimo. Sin embargo, se opuso a las primeras medidas de resistencia popular, como la huelga general o el reparto de armas entre la población. Durante varios días Valencia vivió una gran tensión: los cuarteles rodeados por milicianos y las tropas dentro, expectantes. Martínez-Monje dudó sobre qué camino tomar, hasta que la llegada del presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, permitió una mediación que evitó un enfrentamiento abierto. Entre el 29 de julio y el 2 de agosto los cuarteles fueron asaltados, pero en la mayoría de los casos se produjo una confraternización entre soldados y milicianos y apenas hubo combates. Poco después, el 16 de agosto, Martínez-Monje fue relevado del mando de la III División Orgánica y sustituido por el general José Miaja.
Lejos de quedar apartado, el gobierno republicano confió en él para una tarea clave. El 17 de agosto pasó a dirigir, junto a Martínez Barrio y Mariano Ruiz Funes, la recién creada Junta Central de Reclutamiento. Su misión era reconstruir un ejército regular a partir de voluntarios, con disciplina, uniformes, soldada y mandos profesionales. Desde su base en Albacete organizó los primeros batallones que, a partir de septiembre de 1936, serían la base de las futuras brigadas mixtas republicanas, fundamentales en la defensa de Madrid.
El 24 de octubre de 1936 fue nombrado jefe de la División Orgánica de Albacete, encargándose de organizar esas primeras brigadas sin intervenir directamente en el frente. Pero en diciembre de ese año su destino volvió a cambiar: fue enviado al Frente de Andalucía y nombrado jefe del recién creado Ejército del Sur, con cuartel general en Úbeda. Participó en la llamada campaña de la Aceituna y, ante el avance rebelde por la costa malagueña en enero de 1937, se desplazó a Málaga para reorganizar unas tropas mal preparadas. Sustituyó al comandante militar de la ciudad y trató de recomponer la defensa, aunque finalmente Málaga cayó poco después. A comienzos de febrero fue reemplazado en el mando del Ejército del Sur.
Los meses siguientes estuvieron marcados por conflictos internos en el bando republicano. Durante los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona, sectores anarquistas le ofrecieron el mando de la rebelión, propuesta que rechazó. A finales de ese año fue encarcelado junto a otros mandos militares republicanos y acusado de traición por la pérdida de Málaga. Tras un proceso largo y tenso, fue absuelto en mayo de 1938 y rehabilitado en noviembre, aunque ya no volvería a ejercer un mando importante.
Con la derrota republicana en 1939 emprendió el camino del exilio. Primero huyó a Francia y después se estableció en Buenos Aires, Argentina. Allí mantuvo siempre su fidelidad a la causa republicana y se negó a regresar a España mientras continuara la dictadura franquista. Pasó sus últimos años en el Hospital Militar de Buenos Aires, donde recibía una pensión del gobierno argentino.
Fernando Martínez-Monje Restoy murió en Buenos Aires el 19 de enero de 1963. Militar profesional, masón y republicano convencido, su vida refleja la trayectoria de una generación de oficiales que permanecieron leales a la legalidad republicana y que, tras la guerra, pagaron su compromiso con el exilio y el silencio forzado. Su figura permanece como testimonio de lealtad institucional y de los difíciles equilibrios entre disciplina militar y convicciones políticas en uno de los periodos más dramáticos de la historia de España.
