
Nacida en La Victoria el 4 de octubre de 1922, fue la cuarta hija de una familia humilde. Su padre, guardia civil y más tarde guarda forestal, se alistó en las milicias republicanas junto con los dos hijos mayores cuando comenzó la guerra. Esta circunstancia cambiaría para siempre la vida de Francisca ya que, junto a su madre y hermanos, emprendería una vida errante, huyendo de los bombardeos y formando parte de las caravanas de familias que seguían a sus seres queridos de frente en frente.
El final de la guerra la sorprendió en Ciudad Real, en tanto que su padre y hermanos intentaron huir desde Alicante en un barco que nunca llegó. Su padre y uno de los hermanos terminaron encarcelados en Valencia mientras que el otro fue obligado a alistarse en la Legión. La madre y el resto de la familia permanecieron escondidos hasta que lograron subir a un tren de mercancías que los llevó a la aldea de La Herrería, en la localidad cordobesa de Fuente Palmera. Allí padecieron años de penalidades y el rechazo social por ser considerados “familia de rojos”. En aquel tiempo murieron su abuela, una tía y un hermano pequeño a causa del hambre y las duras condiciones de vida. Mientras tanto, su padre y su hermano sufrieron un largo periplo carcelario que los llevó a Elche, el Fuerte de San Fernando, el Castillo de Santa Bárbara y, finalmente, a la prisión de Córdoba, donde tras proceso sumarísimo fueron condenados a muerte.
Francisca consiguió trabajo sirviendo en casas cercanas a la cárcel, pudiendo visitar a diario a su padre y hermano, a la vez que de manera arriesgada comenzó a ejercer de correo clandestino, regresando con mensajes y cartas ocultas en sus zapatillas que muchos reclusos enviaban a sus familias.
Tras cuatro meses de espera, las penas de muerte de su padre y su hermano fueron conmutadas por treinta y doce años de trabajos forzados, cumpliendo condena en el campo de concentración de Los Merinales, en Dos Hermanas (Sevilla), donde formaron parte de los más de diez mil presidiarios que construyeron el Canal del Bajo Guadalquivir, más conocido como el Canal de los Presos.
En La Herrería, Francisca conoció a Manuel Guisado Mengual, con quien se casó pese a la oposición de la familia de él, que no aceptaba la relación con la hija de un comunista perteneciente además a la familia más pobre del pueblo. Tuvieron cinco hijas y dos hijos. Años después, una de sus hijas falleció a los veintidós años, marcando profundamente a la familia.
Su vida transcurrió entre las faenas agrícolas como jornalera y el cuidado de su familia, consiguiendo a los 65 años aprender a leer y escribir en una escuela de adultos. Desde entonces, comenzó a plasmar sus vivencias en poemas que también recitaba de memoria. Los llamaba “cachos de mi vida”: versos sencillos que hablaban de la guerra, el hambre, los presos, la emigración, la vejez y, sobre todo, del sufrimiento y la fortaleza de las mujeres de presos. Su poesía fue una forma de luchar contra el olvido. Fruto de este trabajo nacieron grabaciones de sus recitales y el libro “Mujer, vida, poesía”, publicado junto con Mercedes Hens Adame y Gloria Adame Gómez.
Entre sus colaboraciones más conocidas para difundir la memoria histórica destaca su participación en el documental “Presos del silencio. Trabajos forzados en la España de Franco”, producido por Canal Sur Televisión y la Junta de Andalucía en 2004.
El 28 de febrero de 2005, el Gobierno andaluz le concedió la Medalla de Andalucía, mediante un decreto oficial en el que se la reconocía como ejemplo de lucha y coraje frente a la persecución sufrida por su familia tras la guerra. En el acto de entrega se pusieron de relieve su revictimización como hija de “roja” y como mujer, su militancia en la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica y el uso que hizo de la poesía como “arma de paz”.
Francisca Adame Hens, una mujer que transformó el dolor en palabra y la palabra en justicia, falleció el 4 de abril de 2022, en su casa de Córdoba, a los 99 años, por causas naturales, siendo su vida un testimonio de resistencia, memoria y dignidad.
