
Bartolomé Carrillo Fernández nació en Pozoblanco el 9 de septiembre de 1897 en el seno de una humilde familia de labradores. De temprana vocación religiosa, ingresó con 11 años en el seminario diocesano de San Pelagio donde cursaría sus estudios, demostrando en sus últimos años un alto nivel académico. En el curso académico 1920-1921 se licenció en Sagrada Teología, siendo ordenado sacerdote el 21 de mayo de ese último año.
Su primer destino fue la parroquia de la Asunción de Santaella donde ejerció de coadjutor, siendo trasladado tres años más tarde a la de San Andrés en Alcaracejos, en la que impulsó de forma activa la devoción a la Eucaristía, creando la Asociación de los Jueves Eucarísticos.
El 1 de marzo de 1926 es destinado como cura ecónomo a la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, de Carcabuey, matriculándose además por libre en la Facultad de Derecho Canónico del Seminario de Córdoba, estudios que concluyó en junio de 1929, a la vez que preparaba los exámenes del Concurso de Curatos que se habían convocado un año antes.
Prevista la vacante de Maestro de Ceremonias en la catedral de Córdoba, fue el propio Obispo quien le animó a presentarse a las oposiciones, incluso antes de publicarse la resolución del Concurso de Curatos y aunque fue el único candidato, el Tribunal elogió su alta preparación, aprobándolo por unanimidad. El 1 de agosto de 1929 se posesionaría del beneficio, haciéndose cargo igualmente de la cátedra de Teología Pastoral del Seminario de Córdoba.
La proclamación de la Segunda República trajo consigo una serie de medidas de laicización del Estado, entre ellas la supresión de la dotación estatal del clero lo que hacía casi imposible el sostenimiento del que ejercía sus funciones en las catedrales. Por este motivo y por el fallecimiento del arcipreste y párroco de Santa María la Mayor de Baena, el Obispo le pide que desempeñe ambas funciones en 1933, comenzando una intensa labor a través de Acción Católica
En los primeros días de la Guerra Civil y como resultado de su avance por las calles de la localidad, los milicianos baenenses habían comenzado una ola de detenciones de personas que conducían al asilo de San Francisco, donde habían establecido su cuartel general. Allí fueron retenidos el párroco y el coadjutor de San Bartolomé, así como la superiora de las Hijas del Patrocinio de María y allí fue llevado también el día 23 de julio Bartolomé Carrillo. Un testigo presencial de los hechos declaró en uno de los sumarios del Consejo de Guerra celebrado al finalizar la contienda, que el líder anarquista José Joaquín Gómez, “el Transío”, ordenó que se lo llevasen fuera del recinto, lo que, a su juicio, suponía la responsabilidad máxima de lo que ocurriría más tarde. Sin embargo, nadie le pudo acusar de ser el autor material de su muerte.
Tal y como narraron otros testigos y recogió el historiador Ronald Fraser en su libro Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española, el arcipreste fue vejado y con escarnio conducido por distintas calles de la población por un grupo de milicianos hasta que en la de Amador de los Ríos, a la altura del colegio del Espíritu Santo, le dispararon con una escopeta de postas, hiriéndolo en los ojos. Aunque intentó refugiarse en el zaguán de una casa, le hicieron salir nuevamente a la calle y, a pesar de que rogaba lo dejasen en atención a su anciana madre, fue muerto a tiros, arrastrándolo hasta el patio del colegio donde se le roció con gasolina y se le prendió fuego. Su cadáver sería sepultado más tarde en la cripta de la iglesia contigua al centro educativo.
El 16 de octubre de 2021 fue beatificado en la catedral junto a otros 126 mártires de la Diócesis, en una ceremonia en la que se recordó que dieron su vida por la Fe. En Córdoba, como en otras zonas de España, la Guerra Civil provocó una ruptura social profunda que tuvo a la Iglesia como uno de los objetivos de la violencia revolucionaria en 1936. El asesinato del arcipreste de Baena, fue un ejemplo trágico en un contexto donde ambos bandos ejercieron represión, pero donde la persecución religiosa tuvo un carácter particularmente intenso en los primeros meses del conflicto bélico.
