Andrés Rodríguez González nació el 8 de mayo de 1904 en La Línea de la Concepción (Cádiz), aunque pasó su infancia y juventud en el popular barrio malagueño de El Perchel, uno de los núcleos obreros más activos de la ciudad. Procedía de una familia trabajadora originaria de Álora: su padre, Martín Rodríguez, era jornalero, y su madre, Josefa, sacó adelante a sus hijos en un entorno de grandes dificultades económicas. Andrés creció en la calle Callejones, en contacto directo con la dura realidad del mundo obrero.

De profesión metalúrgico y mecánico, trabajó en talleres próximos a la siderurgia La Constancia, un espacio clave del proletariado industrial malagueño. Desde muy joven se implicó en el movimiento obrero, iniciando su militancia en el sindicato anarquista CNT. Sin embargo, la influencia de la Revolución rusa y su admiración por la experiencia soviética le llevaron a afiliarse al Partido Comunista de España (PCE) durante la dictadura de Primo de Rivera, convirtiéndose en uno de los primeros dirigentes comunistas de Málaga junto a figuras como Cayetano Bolívar.

Durante los últimos años de la dictadura y el inicio de la Segunda República, Andrés Rodríguez participó activamente en huelgas, movilizaciones y campañas sindicales, especialmente en el sector portuario y metalúrgico. Fue detenido en varias ocasiones por su implicación en la huelga general de 1930, que paralizó completamente la ciudad de Málaga y evidenció la creciente fuerza del movimiento obrero.

En las elecciones municipales de abril de 1931, celebradas en un contexto todavía de semiclandestinidad para el PCE, Andrés Rodríguez fue elegido concejal del Ayuntamiento de Málaga, convirtiéndose en el único concejal comunista de una capital de provincia en toda España. Desde el primer momento centró su labor municipal en la defensa de los trabajadores, los parados y los sectores más desfavorecidos, integrándose en la Comisión de Asuntos Sociales y de Subsistencia.

Su actuación en el Ayuntamiento fue intensa y combativa. Presentó numerosas mociones para mejorar las condiciones laborales, denunciar abusos de poder, combatir la corrupción heredada de la dictadura y reclamar salarios dignos, ayudas para los parados, comedores sociales, vivienda y atención sanitaria. Fue especialmente activo en la defensa de los desempleados, enfrentándose tanto a las autoridades como a otros concejales cuando consideraba que se ignoraban las necesidades populares.

A lo largo de la República sufrió persecución constante, detenciones, encarcelamientos y la clausura de los locales comunistas. Aun así, mantuvo su compromiso político, participó en la reorganización del PCE en Málaga y desempeñó un papel clave en la construcción de la unidad sindical, especialmente en el sector pesquero, donde presidió el sindicato “La Defensa del Pescador” de la UGT. Su labor le granjeó el apoyo de muchos trabajadores, pero también el odio de sectores patronales y la hostilidad de otros grupos sindicales.

Tras la represión posterior a los sucesos de octubre de 1934, fue nuevamente encarcelado y cesado como concejal por orden gubernativa. No recuperó su cargo hasta la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, momento en el que fue nombrado teniente de alcalde y miembro de la Comisión de Hacienda. En esos meses denunció las malas condiciones de vida en los barrios obreros, las deficiencias sanitarias y la violencia política ejercida por grupos de extrema derecha.

El clima de tensión social y enfrentamientos sindicales alcanzó su punto máximo en la primavera de 1936, especialmente a raíz de los conflictos en el sector pesquero. En ese contexto, Andrés Rodríguez fue asesinado a tiros en Málaga, cuando se dirigía a la Pescadería, a comienzos de junio de 1936. Murió en el acto con solo 32 años, pocas semanas después de haberse casado y con su esposa embarazada.

Su asesinato provocó una enorme conmoción en la ciudad y desencadenó graves incidentes, reflejo de la violencia política que precedió al estallido de la Guerra Civil española. Su entierro fue multitudinario y se convirtió en una gran manifestación obrera. Durante la guerra y los años posteriores, su figura fue recordada por el movimiento obrero malagueño como símbolo de compromiso, honestidad y entrega a la causa de los trabajadores.

 

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