Carmen Rodríguez Parra nació en Granada el 19 de mayo de 1884. Su existencia, aparentemente discreta, terminó convirtiéndose en un símbolo de solidaridad, compromiso y humanidad en una de las etapas más convulsas de la historia contemporánea española. Conocida popularmente como Madre Carmela, su nombre quedó ligado para siempre a la vida cotidiana del movimiento obrero granadino.

Casada con Antonio López Capel, ambos regentaron una taberna en la calle Elvira, conocida como Taberna Carmela o Casa Carmela, que muy pronto se convirtió en un punto de encuentro, refugio y apoyo para trabajadores, militantes y personas sin recursos, en una época marcada por la precariedad y la represión.

Durante los años treinta, Carmen aparece vinculada activamente a la CNT, no tanto desde la tribuna política como desde la práctica diaria de la solidaridad. Donaba dinero, ofrecía su negocio y abría su casa a quienes lo necesitaban. Su generosidad quedó reflejada en numerosas suscripciones populares para ayudar a familias de obreros asesinados, heridos o encarcelados. En más de una ocasión, las aportaciones de su taberna superaron a las de sindicatos enteros, lo que demuestra tanto su compromiso como la confianza que el vecindario depositaba en ella.

El contexto en el que desarrolló su labor fue el de una Granada con una fuerte tradición obrera y libertaria. Desde finales del siglo XIX, el anarquismo había arraigado entre los trabajadores, y con la llegada de la Segunda República en 1931, la CNT vivió un nuevo impulso. Huelgas, conflictos laborales y movilizaciones marcaron aquellos años, y Casa Carmela estuvo presente, directa o indirectamente, en muchos de ellos.

Tras el fallido golpe de Estado de agosto de 1932, conocido como la Sanjurjada, la represión se intensificó. Aunque las autoridades agradecieron públicamente la defensa de la legalidad republicana, en la práctica muchos activistas fueron detenidos, maltratados o perseguidos. La Taberna Carmela fue clausurada por su vinculación con el anarcosindicalismo, lo que provocó una fuerte reacción popular y nuevas huelgas que exigían su reapertura y la liberación de los presos. Finalmente, la clausura fue levantada, pero la vigilancia policial y el acoso continuaron.

Pese a todo, Carmen siguió ayudando. Periodistas y militantes de distintos puntos del país escribieron sobre ella, destacando su bondad, su capacidad de consolar y su papel como “madre” de los perseguidos. Su taberna era descrita como un lugar más humano que político, donde el ideal libertario se expresaba en gestos cotidianos: un plato de comida, una palabra de ánimo, un techo provisional.

Tras los duros años de represión entre 1934 y 1935, el triunfo del Frente Popular en 1936 devolvió la legalidad a los sindicatos y trajo consigo la amnistía de muchos presos. En ese contexto, Casa Carmela volvió a ser un espacio activo de la vida social granadina, llegando incluso a albergar un centro electoral socialista. La propia Carmen participó como interventora en las elecciones, reflejo de un momento excepcional en el que incluso sectores tradicionalmente antiparlamentarios optaron por implicarse para frenar el avance de las derechas.

El golpe militar de julio de 1936 puso fin a esa esperanza. En Granada, como en tantos otros lugares, se desató una represión sistemática destinada a eliminar cualquier rastro de pensamiento progresista o libertario. Carmen Rodríguez Parra no fue acusada de delito alguno. Su “culpa” fue haber ayudado, haber acogido y haber pensado de forma libre.

Fue detenida y asesinada en agosto de 1936. Todo apunta a que fue ejecutada el día 15 y trasladada a Víznar, uno de los principales escenarios de la represión granadina. Su nombre, como el de tantas otras mujeres, no figura en muchas listas oficiales de víctimas, pero fue recordado por testigos, investigadores y autores como Ian Gibson, que la describieron como una mujer buena, de gran corazón, asesinada únicamente por el ambiente político de su taberna.

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