José Antonio Fernández-Vega, nacido en Llanes (Asturias) en 1891, desempeñando el cargo de gobernador civill de Málaga en los momentos iniciales de la Guerra Civil. Su trayectoria refleja las tensiones, contradicciones y tragedias personales que marcaron aquellos años de violencia y represión.

Fernández-Vega combinó desde muy joven su vocación médica con el compromiso político. Militante de Izquierda Republicana, fue una figura conocida y respetada tanto por su actividad profesional como por su implicación en la vida pública. Ejerció como médico en Puenteareas, donde dejó una profunda huella por su trato humano y solidario, atendiendo en numerosas ocasiones de forma gratuita a quienes no podían pagar sus servicios, motivo por el cual una calle del municipio lleva hoy su nombre.

Tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, fue nombrado gobernador civil de Lugo, cargo que desempeñó hasta junio de ese mismo año, cuando fue destinado a Málaga, una de las provincias más convulsas del país. Allí tuvo que afrontar una situación extremadamente compleja ya que tras el fracaso en la capital del alzamiento del 18 de julio, el poder efectivo pasó a manos de milicias y comités revolucionarios, en un contexto de descontrol, violencia y ajustes de cuentas.

Como gobernador civil, Fernández-Vega se vio desbordado por los acontecimientos. Su autoridad fue limitada y, según su propia defensa posterior, desconoció la preparación de las llamadas “sacas”, es decir, ejecuciones extrajudiciales de presos, hasta después de haberse producido. Afirmó también haber intervenido para salvar la vida de numerosos detenidos —incluidos militares y sacerdotes— a quienes facilitó documentación y ayudó a huir de la ciudad

En septiembre de 1936 fue destituido de su cargo por el ministro de la Gobernación, Valentín Galarza Morante, tras difundirse rumores que lo acusaban de apropiación indebida de fondos públicos. Sin que se probara judicialmente dicha acusación en ese momento, Fernández-Vega regresó con su familia a Asturias, donde fue nombrado director del hospital de Llanes, aunque solo permaneció un mes en el puesto antes de ser nuevamente destituido, esta vez por desconfianza política.

Ante la creciente inseguridad, marchó al exilio en Francia, pero la falta de recursos lo obligó a regresar a España. En Barcelona fue nombrado médico de la Subsecretaría de Armamento, hasta la caída de Cataluña en 1939, cuando se exilió de nuevo. Internado en un campo de concentración francés, fue detenido el 10 de junio de 1940 por la Gestapo, junto a otras figuras republicanas relevantes, como Lluís Companys.

Entregado a las autoridades franquistas, fue trasladado a la Prisión Provincial de Málaga, donde se instruyó un proceso en su contra. En el juicio se le responsabilizó, a partir de listas elaboradas en la propia prisión, de la detención de 371 personas, de las cuales 275 fueron ejecutadas. Fernández-Vega negó estas acusaciones y reiteró que, lejos de promover la represión, había intentado limitarla y salvar vidas dentro de sus posibilidades.

Pese a su defensa, fue condenado a muerte. El 18 de mayo de 1942 fue fusilado en el cementerio de San Rafael de Málaga, uno de los principales escenarios de la represión franquista en la ciudad. Su cuerpo permanece enterrado en una fosa común, sin identificación individual.

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