
Miguel Hernández Gilabert fue un poeta y dramaturgo de extraordinaria relevancia en la literatura del siglo XX. Aunque suele incluirse en la llamada generación del 36, Hernández estuvo más cercano a la generación anterior, hasta el punto de que Dámaso Alonso lo calificó como un «genial epígono» de la generación del 27.
Nació en Orihuela, provincia de Alicante, un 30 de octubre de 1910 en una familia humilde dedicada a la cría de cabras. Desde muy niño, trabajó como pastor, pero, a pesar de la dureza del trabajo, encontró en la lectura y la poesía su principal refugio y educación. Fue escolarizado brevemente, pero pronto abandonó los estudios por orden paterna. Su formación fue, en gran parte, autodidacta, gracias a libros facilitados por el canónigo Luis Almarcha y a su intensa curiosidad por la literatura. Entre sus maestros literarios se encontraban los grandes del Siglo de Oro español, como Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca y Góngora.
Durante su juventud, Hernández comenzó a formar un círculo literario con amigos de Orihuela, entre ellos Ramón Sijé, a quien dedicó la célebre Elegía tras su muerte en 1935. En 1933 publicó su primer libro, Perito en lunas, y comenzó a colaborar con diversas revistas literarias. Su talento le permitió conocer a poetas de la generación del 27, como Vicente Aleixandre, y a escritores extranjeros como Pablo Neruda, con quienes compartió inquietudes artísticas y sociales.
El estallido de la Guerra Civil en 1936 marcó un giro decisivo en su vida. Se alistó en el bando republicano, se afilió al Partido Comunista y ejerció como comisario político en el frente, mientras su poesía adquiría un compromiso social más intenso. Durante estos años escribió algunas de sus obras más conocidas, como El hombre acecha. También e esa etapa vivió intensamente su vida personal, vinculándose con la provincia de Jaén a donde llegaría el 2 de marzo de 1937 como comisario de Cultura y Propaganda para el «Altavoz del Frente Sur». Durante su estancia, que incluyó el matrimonio con Josefina Manresa, la trágica muerte de su primer hijo y la redacción de obras tan célebres como Viento del pueblo o Aceituneros, el poeta también estuvo presente en los últimos momentos del asedio al Santuario de la Virgen de la Cabeza y vivió el bombardeo de la ciudad el 1 de abril de 1937.
Tras la victoria franquista, Hernández sufrió una dura represión. Fue arrestado en varias ocasiones, encarcelado en prisiones de Huelva, Sevilla, Madrid y Alicante, y condenado a muerte, pena que luego se conmutó por treinta años de prisión gracias a la intervención de amigos e intelectuales. Durante su reclusión continuó escribiendo, dando lugar al Cancionero y romancero de ausencias, una obra que refleja el dolor, la pérdida y la esperanza frente a la adversidad.
Miguel Hernández falleció el 28 de marzo de 1942, a los 31 años, víctima de tuberculosis agravada por las duras condiciones de prisión. Su muerte temprana no impidió que dejara un legado literario inmenso: su poesía combina pasión, fuerza emocional y compromiso social, convirtiéndolo en un símbolo de la memoria histórica y en uno de los poetas más queridos y leídos de España.
