
Antonio Fernández-Bolaños Mora fue un militar e ingeniero español que desempeñó un papel relevante en la vida política y administrativa de España durante la Segunda República, así como en los difíciles años de la Guerra Civil y el posterior exilio.
Nacido en Cuba el 23 de febrero de 1888 en el seno de una familia española originaria de Casabermeja, su trayectoria vital quedó marcada por la vocación militar y el compromiso político. Se formó como ingeniero militar en la Academia de Ingenieros de Guadalajara entre 1907 y 1912, una de las instituciones técnicas más prestigiosas del país. Al finalizar sus estudios obtuvo el grado de teniente, iniciando una carrera en el Ejército que le llevó a ascender a capitán en 1916 y a comandante en 1926.
Con la proclamación de la Segunda República en 1931, Fernández-Bolaños se acogió al decreto que permitía el retiro voluntario de oficiales del Ejército, pasando a la situación de retirado en julio de ese mismo año. Ese cambio coincidió con su incorporación activa a la vida política: se afilió al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y fue elegido diputado por la circunscripción de Málaga-capital en las tres legislaturas republicanas.
Durante su labor parlamentaria destacó por su participación en numerosas comisiones, especialmente las relacionadas con la defensa, las obras públicas y las infraestructuras, ámbitos en los que su formación técnica resultaba especialmente valiosa.
Entre 1931 y 1933 ocupó el cargo de director general de Caminos, trabajando bajo la dirección de Indalecio Prieto en el Ministerio de Obras Públicas, en un periodo clave de modernización del país. Dentro del PSOE se alineó con el sector moderado o de centro.
Tras los acontecimientos revolucionarios de octubre de 1934 se vio obligado a exiliarse temporalmente en Francia, aunque regresó a España en febrero de 1936, tras la victoria del Frente Popular. Con el estallido de la Guerra Civil, se reincorporó al Ejército de la República con el grado de teniente coronel. Ocupó cargos de gran responsabilidad en el Ministerio de la Guerra, primero como jefe de la sección de personal y posteriormente como subsecretario de Defensa, nuevamente junto a Indalecio Prieto, entre 1937 y 1938.
Después de su dimisión, fue destinado como agregado militar a la Embajada de España en París, donde participó en la Comisión de Compras de material bélico en el extranjero. Durante la ocupación alemana de Francia logró escapar de la Gestapo en Burdeos gracias a la ayuda del cónsul de Cuba, lo que le permitió continuar su huida hacia el exilio.
En noviembre de 1941 llegó a México a bordo del buque Quanza. Allí rehízo su vida profesional trabajando como ingeniero civil y traductor de inglés, como tantos otros exiliados republicanos que aportaron sus conocimientos al país de acogida sin dejar de mirar a España con nostalgia.
Tras más de treinta años en el exilio, regresó en junio de 1972 a Casabermeja, donde se encontraba la casa familiar, en la cual había pasado parte de su infancia. Pocas semanas después, el 25 de julio de 1972, falleció a los 84 años, cerrando una vida marcada por el servicio público, el compromiso político y la experiencia del destierro, común a toda una generación de españoles del siglo XX.
